| 8 min | José Carlos Alvárez Jiménez
“Ninguna persona logrará crear un gran negocio si quiere hacerlo todo ella misma” —decía Andrew Carnegie—, y me vale como arranque para este artículo.
En el ecosistema empresarial abulense es habitual encontrar empresas que arrancan con un sueño y mucho trabajo, pero con muy poca estructura. Es lógico. Al principio, el empresario hace de comercial, de administrativo, de financiero y, si me apuras, hasta de conserje. Todo lo que no se delega, se asume, y todo lo que no se asume, se retrasa.
Sin embargo, el problema aparece cuando ese mismo modelo se pretende estirar con el crecimiento. Crecer sin estructura es como construir una casa de dos plantas sobre una tienda de campaña: acabas desbordado. Lo que antes era improvisación eficaz se convierte en cuello de botella. Lo que era flexibilidad se transforma en caos. Y lo que parecía pasión, termina en agotamiento.
Lo vemos a menudo. Empresarios desbordados que no llegan a todo. Que tienen que tomar decisiones estratégicas con la cabeza en la gestión operativa. Que no pueden ir a una reunión clave con otros empresarios o a una formación que podría abrirles las puertas a otros negocios porque “tienen que hacer nóminas” o porque “no les han cuadrado las facturas de junio”. Empresarios quemados que siguen tirando del carro… pero con las ruedas cada vez más sueltas.
¿La solución? Empezar a construir estructura organizativa desde antes de necesitarla con urgencia.
Y eso ¿qué significa exactamente?
Significa, primero, definir las funciones clave de tu negocio. Identificar qué áreas necesitas: ¿comercial, producción, administración, finanzas, recursos humanos? Y dibujarlas en un organigrama.
Después, asignar responsabilidades claras. ¿Quién hace qué? ¿Quién decide qué? ¿Quién reporta a quién? Y reflejarlo en una descripción de puestos.
Significa establecer procesos. Crear rutinas que no dependan de una sola persona. Que, si un día no estás, la empresa siga funcionando. Significa establecer indicadores. Saber medir si lo que hacemos está bien hecho. Y, sobre todo, significa formar y empoderar a las personas que tienes alrededor para que no seas tú quien siempre tenga que apagar los fuegos. Crear un sistema que te remplace.
Sé que no es fácil. Ni rápido. Ni barato. Por eso, cuando acompañamos a empresas que empiezan a crecer, una de las primeras preguntas que hacemos es: ¿estás montando una estructura que te libere o que te atrape más?
Porque si no es así, quizá ha llegado el momento de dejar de ser imprescindible en todo… para empezar a ser verdaderamente útil donde más se te necesita: pensando el futuro.